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  • Foto del escritorCarlos Andres Gomez Hincapie

Mercurio

Actualizado: 14 nov 2023


Fue en cuna de algodón almidonado donde nací y al compás del “Sin Sentimientos” del Grupo Niche me levanté...


Hoy que hago reminiscencias de los pecados aprendidos en las aulas calurosas del Colegio de los “benditos” sacerdotes Franciscanos, a donde fui a caer después de que la Compañía de Jesús me proscribiera de su inmenso cielo, repleto de “angelitos”, esos sí, ¡de los de temer!


Emprendí la estruendosa retirada, por la juetiza sonora y descontrolada que me propinó la compungida mama de esta “Alma Nobilis”, que me hizo cantar y contar cada uno de los latigazos; y yo, que para ese entonces no sabía ni sumar, ni entonar, me tocó aprender a multiplicar...


Lo hice con la tabla del dos, para que acabara más rápido. ¡Sin saber que esta última frase se convertiría, años más tarde, en un Mantra de mesa de noche, que me repetiría por decenios otra de mis más queridas, y que me cambió, a la brava, mi bicicleta por un Mercedes Benz!


Y así nos fuimos. Ingresé de manera triunfal al Colegio de los Franciscanos, allá sí, porque cuando se percataron de mis inmensos atributos y de la envergadura de mis talentos, en fervoroso jubilo se sobresaltaron de felicidad los "santos hermanos" y con pálpito estrepitoso me empujaron a lo profundo de la institución.


De malas ellos porque a los curitas ni una oración les dediqué. Esta alma navegante de la luz divina fue bautizada con el agua bendita de las mujeres y a la suerte de ellas se ancló.


Lo que me quedó de las instrucciones piodocinas fue la relación con mi patrón, el único que he tenido y que tendré: El Santo de Asís - Qué dicha me dio conocerlo - me abrió las puertas del altar donde des-crucifiqué a Jesús y enarbolé a mi Siddhartha de Hermann Hesse. Rozagante y dichoso el Indio, al que día de por medio le rindo fiel tributo con una Mala y velas multicolor.


Un amigo, un sátrapa de colección, de los que le alegran a uno la existencia, una vez me cantó que “los curas aman a los niños y que por eso tienen colegios tan grandes”. Todavía no lo se, sigo queriéndolo harto al vidente amigo. Imponente y sin manchas, por misericordia divina, se graduó.


Pero volvamos. Cuando desperté de tan obscura noche franciscana, y a la capital del país fui a parar, en mis correrías comprendí la entonación del "gallo de la salsa" cuando la suerte con el Grupo Niche lo ensalzó.


La canción que introduje con esta obra de recordación sería mi tonada durante años, para evocar el frenesí de querendonas con alma candente y cuerpazo danzante que en algo amilanaban al picante frío!


Más tarde me revelaría la sensibilidad dolorosa de Stefan Zweig que “todo en la vida tiene un precio que tarde o temprano se revela sin contemplación”.


De la amiga del Mercedes no volví a saber, la olvidé y se marchó, hasta la bici se llevó y tirando pata por toda la séptima me dejó.


Ahora sí, pisando fuerte en la materia, debo evocar a quien no admiró la pureza de esta cara angelical ni de mi cuerpo celestial. No le hicieron mella las fascinaciones prematuras de los “pobres” padres Franciscanos. La profesora de Química en un conato de rebeldía senil me confirmó que, después de 40 años de estudiar la molécula, había llegado a la conclusión que, entre ella y yo, química no había.


Entre sorprendido y aburrido solo rechisté en contestar que a mí me había tomado exactamente 4 días entenderlo y que, a causa de tan magna epifanía, tenía la firme convicción que de Química estaba mejor informado yo.


¡Fue Troya, y yo fui Aquiles, no me perdonó, aún no lo hace, que nunca le desenvainara mi espada. Me apertreché en lo más profundo de mi dignidad, que hoy, mantengo inmaculada!


De este encuentro que traigo a ocasión aprendí que la química más que conocerla hay que sentirla...


Años más tarde, en mi proceso de convertirme en un estandarte de los animales y de las plantas de este país, el segundo megadiverso del orbe y, siguiendo las instrucciones del santo de mi devoción, pensé en reencontrarme con la institución…


Intenté localizar a la profe pero “el tren se marchó”, - tal y como me increpó una noviecita más fría que Bogotá, después de la ventolera que arrasó con ella, la impulsó a empacar el corazón, tiró dos besos en la lengua y no se en que estación se bajó. O, si hay viaje aún.


Lo que si me quedó de la clase de Química, en la que poquísimo aprendí, es que el mercurio y el agua son como la profe y yo, “no la llevan bien”.


Vaya paradoja, el símbolo del Mercurio en la Tabla Periódica es Hg, en alusión a las palabras griegas “hydro” y “argyros”, agua y plata respectivamente, que componen el metal y joden los ríos.


Hoy, nuestros acuíferos, cargados de sedimentos bióticos y abióticos corren presurosos por las estribaciones de las cordilleras, llevando en sus entrañas gran cantidad de mercurio, un elemento perjudicial, como el que más, para la biota de sus riberas y de sus lechos.


El origen de este metal, presente en las aguas prístinas de los lechos, es la explotación de oro. Si, Oro, el mismo metal que enloqueció a varias descendencias de la corona española y que aún no espabilan. ¡Acá nos independizamos pero el embobamiento que nos legaron sigue bien acomodado!


Tanto fue el jolgorio en la Madre Patria que el Rey Carlos I se desmadró mandando barcos repletos de putas, algunas buenas. Presos, todos malos; y, de curas, a los que no categorizo pero si les corro, para luego devolver esos navíos atestados de oro y de bacalao.


Ya para despedirme, he de comentarles que hoy dormiré en el Palacio de Claudio, el Rey de Dinamarca, en compañía de mi Musa, que atrapa mis noches y enloquece mis días.


Y haré lo mismo que Gertrudis con el tío del Principe, sí con el tío! Aún el curita De Francisco no me perdona habérselo recitado de memoria y en inglés gaélico, en plena efervescencia de la Santa Inquisición Española del buen amigo de Hitler, Pio XII.


Dios me los bendiga e ilumine con los mandamientos del mago Shakespeare, quien como sacándose a una gata de la chistera aseguró que: “el infierno está vacío, todos los demonios están aquí”.


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